El fútbol y la política no siempre se mezclan de forma dramática. A veces la relación es más simple.
Emiliano Medina
El fútbol y la política tienen más en común de lo que suele reconocerse: movilizan a millones, generan lealtades intensas y, con frecuencia, terminan entrelazándose de maneras que incomodan a los aficionados de ambos mundos. No es un vínculo exclusivo del deporte —el espectáculo, la moda y la cultura también lo experimentan—, pero en el fútbol adquiere una forma particular, más territorial y más visceral. Las barras bravas son quizás el punto donde esa relación se vuelve más difícil de ignorar.
En 1996, Andrés Fassi, entonces vicepresidente del Club de Fútbol Pachuca, introdujo en México el modelo sudamericano de animación organizada con la fundación de la "Barra Ultra Tuza", inspirándose en grupos como "Los Borrachos del Tablón" de River Plate y "La 12" de Boca Juniors. En los años siguientes, otros clubes replicaron el esquema: Pumas con "La Rebel" y Tigres con "Libres y Lokos", ambas en 1998. Con ellas, el ambiente en los estadios cambió. La dinámica familiar que los había definido durante décadas cedió espacio a grupos más organizados, con jerarquías internas y una presencia que con el tiempo trascendería lo meramente deportivo.
Esa presencia ha tenido, en algunos casos, una dimensión política. El ejemplo más citado en México es el de la "Perra Brava" del Toluca, barra con vínculos documentados al PRI. La fotografía de Arturo Montiel, exgobernador del Estado de México, festejando sin camisa junto a integrantes del grupo se ha convertido en una imagen reveladora. De acuerdo con algunos reportajes, en varios clubes opera un esquema en el que las barras reciben beneficios —transporte, acceso a boletos, permisos para introducir alcohol— a cambio de cierta disponibilidad política. No es un sistema generalizado, pero tampoco es un rumor sin sustento. Algo similar, aunque en un contexto distinto, se ha señalado respecto a los porros de la UNAM: reportajes sugieren coincidencias entre quienes protagonizan incidentes en las facultades y quienes asisten los domingos uniformados con la playera de Pumas. Es un nexo que debe seguir investigándose.
El fenómeno no es exclusivo de América Latina. En Europa, donde la cultura de las barras tiene raíces igualmente profundas, los episodios protagonizados por grupos de aficionados organizados son una constante difícil de erradicar. En octubre de 2017, ultras de la Lazio distribuyeron en un partido estampas con la imagen de Ana Frank vistiendo la playera del equipo rival, un gesto que generó una enorme indignación. En España, los insultos racistas hacia Vinícius Jr. en partidos del Valencia contra el Real Madrid derivaron en investigaciones judiciales, tres arrestos y un debate renovado sobre la discriminación en los estadios. En Inglaterra, a pesar de décadas de campañas institucionales, el problema persiste con una regularidad que cuestiona la efectividad de las medidas adoptadas. En todos estos casos, lo que ocurre en las gradas no es un accidente aislado, sino el reflejo de tensiones sociales y políticas que el estadio simplemente hace más visibles.
El fútbol y la política no siempre se mezclan de forma dramática. A veces la relación es más simple: un candidato que aparece en la tribuna, una barra que recibe un autobús, un partido disputado en un estadio financiado con recursos públicos. Pero esa cotidianidad, precisamente, es lo que hace el tema relevante. “La pelota no se mancha” aseguró Maradona en un partido de despedida al rememorar su carrera y su larga lucha contra las drogas. ¿Es cierto o preferimos no verlo? ¿importa que nos lo preguntemos?
Emiliano Medina, aspirante a maestro en Ciencia Política por el CIDE, frustrado director técnico de fútbol.
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